Era un día de abril de 2002. Había una chica que me gustaba, y mucho.
Primera cita, la pregunta de siempre: ¿a qué te dedicas?
— Soy masajista.
— Pero ¿y qué más?
Hoy esa chica es mi mujer, trabaja en mi centro y escuela de masajes de Valencia, como otras doce personas.
Te cuento esto para que sepas desde dónde te hablo. Llevo veinticinco años en esto. He visto empezar en el masaje a unas 600 personas, entre las que han pasado por mi escuela y las que han pasado por otras y luego han acabado sentadas en mi despacho.
Y ahora lo que toca decir antes de seguir: tengo una escuela, claro que quiero que vengas. Ese es mi interés y no te lo voy a esconder detrás de un texto que parezca neutral.
Pero prefiero que elijas bien aunque no sea aquí. Porque cada persona que se forma en un sitio malo y lo deja a los seis meses no me quita competencia: me ensucia el oficio.
Así que te doy los criterios de verdad. Los que yo miraría si mañana tuviera que elegir escuela desde cero.
1. ¿Vas a tocar a clientes de verdad o solo a tus compañeros?
Este es el primero por algo.
Tu compañero de clase no se queja. Tu compañero de clase tiene 30 años y ninguna prisa. Tu compañero de clase no te pregunta por el precio, no llega tarde, no te dice «más fuerte» a los dos minutos, y sobre todo: no vuelve o deja de volver.
Un cliente real sí. Un cliente real opina, paga, valora y decide si repite. O no repite, y de eso también se aprende (bastante más que de un aprobado).
Pregunta directa a la escuela: ¿voy a dar masaje a gente de la calle antes de acabar? ¿Cuántas veces? ¿Con quién supervisando?
Si la respuesta es vaga, ya sabes.
2. ¿Tus profesores viven de esto o solo lo cuentan?
Yo quiero que quien me enseñe tenga las manos gastadas de trabajar.
No es lo mismo alguien que da masajes cada semana, que cobra, que se come las cancelaciones y los meses flojos, que alguien que se sabe muy bien el temario.
El temario está en los libros. Lo que no está en los libros es qué haces cuando el cliente te cuenta su vida entera y llevas veinte minutos de retraso.
Mira quién da las clases. Con nombre y apellidos. Y mira si esa persona tiene camilla propia además de aula.
3. Cuántos sois en clase (y cuántas horas de camilla te tocan a ti)
Aquí hay un truco de magia muy viejo: la escuela te dice las horas totales de la formación.
Divídelas entre el número de alumnos.
Porque si sois veinte en un aula y hay cuatro camillas, tus «200 horas» no son 200 horas tuyas. Son 200 horas de sala, y tú vas a mirar durante muchas de ellas.
En nuestro curso de quiromasaje hemos puesto el límite en 8 personas por grupo. No por vender exclusividad, sino porque con veinte no se pueden hacer las prácticas con clientes ni sentarse contigo a mirar tu caso uno por uno. No se puede. Y quien te diga que sí, no lo ha hecho nunca.
Pregunta el número. Es una pregunta de una palabra y te dice muchísimo.
4. El precio, a la vista
Imagina un restaurante donde la carta no tiene precios y el camarero te dice «eso te lo cuento luego por WhatsApp».
Tú ya sabes que ahí vas a pagar de más. Lo sabes antes de sentarte.
Con las escuelas, igual. Si para saber lo que cuesta la formación tienes que dejar tu teléfono, esperar una llamada y aguantar a un comercial que te habla de «invertir en ti» durante media hora, el precio no es un dato: es un anzuelo.
Precio a la vista, qué incluye, qué no incluye, y si hay material aparte. Punto.
A mí me da igual que una escuela sea más cara que otra. Lo que no me da igual es que te lo escondan.
5. ¿Qué pasa el día después de acabar?
Este es el criterio que casi nadie mira y el que más duele.
Terminas la formación. Sales por la puerta con tu diploma y tu camilla. ¿Y ahora?
Porque saber hacer masajes no es ser masajista. Son dos cosas distintas y la segunda incluye cosas horribles como poner precios, decir que existes y aguantar las semanas en las que no suena el teléfono.
Pregunta qué hay después: si hay comunidad de antiguos alumnos, si te avisan cuando entran ofertas, si puedes volver a preguntar dudas dentro de un año.
Y te aviso de una cosa, por honestidad: una bolsa de empleo está bien, pero no pongas ahí todas tus expectativas. Tu plan eres tú. Cualquiera que te venda el empleo asegurado te está vendiendo humo.
6. La honestidad legal: en España no existe el título oficial de masajista
Esto te lo digo tal cual, porque es la pregunta que más me hacen y la mentira más repetida del sector.
En España NO hay título oficial de masajista. No existe una titulación reglada tipo ESO o módulo de FP para esto. La escuela que te promete «titulación oficial» te está engañando desde el primer día.
Y piénsalo: si te mienten en lo primero, en la puerta, ¿qué te van a contar dentro?
Lo que sí existe son escuelas serias y federaciones profesionales del sector. Nosotros somos escuela recomendada por APTN-Cofenat, y eso es lo que es: un reconocimiento del gremio, no un título del Estado.
Un diploma no te da de comer. Te dan de comer tus manos, tu cabeza y tu agenda.
7. Que te dejen ver una clase antes de pagar
El último, y el más fácil de comprobar.
Llama y di: quiero ver una clase antes de decidir.
Si te dicen que sí, vas, te sientas al fondo y en veinte minutos sabes más que leyendo cincuenta páginas web. Ves si los alumnos están en camilla o mirando diapositivas. Ves cómo trata el profesor a la gente. Ves si aquello huele a sitio donde se trabaja.
Si te dicen que no se puede, por lo que sea, con una excusa amable… pues ya tienes tu respuesta.
Nadie esconde lo que está orgulloso de enseñar.
Señales de alarma
Rapidito, que estas se ven de lejos:
- Te prometen título oficial u homologado por el Estado. Mentira. Ya lo hemos hablado.
- Cursos exprés de un día que te «capacitan» para trabajar. Un fin de semana te da una técnica y una experiencia bonita. No te da un oficio.
- Precios ocultos o descuentos que caducan esta tarde si firmas ahora.
- Fotos de banco de imágenes: manos perfectas, toallas blancas, piedras y una orquídea. Si no hay ni una foto de su aula de verdad, es que su aula de verdad no la quieren enseñar.
- Ningún profesor con nombre y cara. «Nuestro equipo de expertos.» ¿Qué expertos? ¿Cómo se llaman?
Ninguna de estas cinco es ilegal. Todas son un aviso.
Las preguntas que me llegan al despacho
¿Cuánto dura formarse para ser masajista? Una formación seria se hace en unos cuatro meses yendo un par de días por semana. Hay intensivos de un mes. La inversión es baja comparada con montar casi cualquier otro oficio, y eso tiene una trampa: como cuesta poco intentarlo, mucha gente no se lo toma en serio del todo.
¿Necesito estudios previos o ser sanitario? No. Y ojo, el masajista no es sanitario ni quiere serlo. Es otra profesión, con sus límites, y saber dónde está ese límite es parte del trabajo.
¿El diploma sirve para algo? Sirve para acreditar tu formación ante el gremio, tu seguro y tus clientes. No es un título del Estado, porque ese título no existe. Quien te diga lo contrario, te miente.
¿Puedo compaginarlo con otro trabajo? Sí. Yo empecé haciendo masajes y currando en el turno de noche de un Burger King. Luego en un restaurante. Para mí esos 800 euros del Burger eran el extra: yo era masajista y circunstancialmente completaba ingresos en otra cosa. Ese orden mental lo cambia todo.
¿Y si al final no vivo de esto? Pasa, y más de lo que parece. He visto fallar a mucha gente. Casi siempre no es por las manos: es porque no dan espacio al masaje, ni de horas ni de cabeza. Si no das espacio, ese espacio no se llena nunca.
Ven y míralo tú
No te fíes de mí. Ni de una web. Ni de esta guía.
Coge estos siete criterios, llama a tres escuelas de Valencia y hazles las preguntas. Verás cómo dos se ponen nerviosas.
Y si quieres venir a ver una clase aquí, ven. Te sientas, miras y te vas sin que nadie te persiga. Puedes ver todas las formaciones en https://centremompo.es/cursos-de-masajes-valencia/ o escribirnos por WhatsApp y te digo qué día hay grupo trabajando.
Sin compromiso, de verdad. Que ya sabes que tengo una escuela, pero también sé lo que es que te pregunten «¿y qué más?».
Pere Mompó.
PD: Si después de leer esto eliges otra escuela y te va bien, ven a contármelo. Me alegraré igual. Lo que no quiero es cruzarme contigo dentro de dos años diciéndome que hiciste un curso de un fin de semana y que «tampoco era para tanto».