El increíble mundo del masaje a los ancianos. – Podcast

A lo largo de mis más de veinticinco años de trayectoria en el mundo del masaje, he tenido la oportunidad de trabajar con muchos tipos de personas.

Eso da para otro podcast.

Sin embargo, hay un rincón de mi profesión que me llena de una manera que las palabras a veces no alcanzan a explicar: el masaje a nuestros ancianos.

No es solo una técnica aplicada a un cuerpo con una edad; es, en esencia, un acto de amor, respeto y justicia social.

Esa gente no es otra cosa que la historia viva.

Me doy cuenta de que estoy ante alguien que ha sido el pilar de nuestra sociedad, alguien que «levantó el país» con un esfuerzo que hoy nos cuesta imaginar.

Siempre pienso que son los restos de un mundo que desaparece, eso para mí es importante, ya que viví la experiencia de ver morir un mundo, ya que mi padre falleció el año pasado.

El masaje se convierte en un lenguaje de empatía.

Hay que entender que la rigidez que encontramos no es siempre física; a veces es una coraza emocional forjada durante décadas.

Como tocar cambia por completo. Aquí la presión mu fuerte no tiene lugar. Priorizamos las movilizaciones constantes, suaves y rítmicas.

Buscamos devolverle al cuerpo esa movilidad que el tiempo intenta robarle, trabajando específicamente sobre la sarcopenia —esa pérdida de masa muscular que tanto les afecta— y mejorando la mecánica respiratoria. Movilizar y drenar las articulaciones no es solo terapéutico; es darles calidad de vida inmediata.

Pero hay algo que ocurre en el silencio de la sala que trasciende lo físico. Vivimos en una sociedad que sufre una epidemia silenciosa: la soledad.

Muchos de estos abuelos y abuelas vienen buscando alivio para un dolor de cadera, pero lo que realmente encuentran es un espacio donde son vistos y escuchados. El masaje se convierte en el antídoto perfecto contra esa soledad.

Me fascina cuando, a mitad de la sesión, comienzan a soltarse y aparecen las «batallitas». Esas historias de juventud, de sacrificios y de alegrías pasadas son tesoros culturales que no podemos permitir que se pierdan. Mientras mis manos trabajan para mejorar su circulación, mis oídos se abren para recibir su legado. Ese vínculo de fidelidad que se crea es inquebrantable; para ellos, el masajista deja de ser un técnico para convertirse en un confidente y un apoyo emocional vital.

Es cierto que, como profesionales, trabajar con la tercera edad nos exige una gestión emocional diferente. A veces depositan en nosotros todas sus esperanzas de mejora y tenemos que ser honestos y cuidadosos con sus expectativas. Pero la recompensa es inmensa. Ver cómo alguien que entró con dificultad para caminar se marcha con un paso más ligero y, sobre todo, con una sonrisa de gratitud, es el mayor premio que puedo recibir.

Cuidar de nuestros mayores es una forma de agradecerles todo lo que nos han dado. En cada sesión intento que sientan que su cuerpo todavía tiene mucho que decir, que su bienestar nos importa y que, aunque el mundo exterior corra demasiado rápido, aquí siempre habrá un par de manos dispuestas a sostenerlos y a honrar su historia.

Al final del día, el masaje a ancianos no es solo parte de mi trabajo; es mi manera de decirles que no están solos y que su historia sigue viva en cada uno de nosotros.

Una profesión enriquecedora

Pere Mompó destaca que trabajar con este sector es una de las experiencias más enriquecedoras que permite el mundo del masaje.

Aunque a veces requiere una gestión especial de las expectativas —ya que el paciente mayor tiende a veces a depositar toda la responsabilidad de su mejora en el terapeuta—, los resultados en su calidad de vida son inmensos.

Cuidar de quienes «levantaron el país» es una forma de reconocimiento y justicia social. El masaje en la tercera edad no es solo una terapia; es un acto de humanidad y respeto hacia nuestra historia.


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