Hay una frase que escucho demasiado: «La maderoterapia es frotar palos». Y cada vez que la oigo, me dan ganas de sentar a esa persona delante de Susana García durante diez minutos. Solo diez. Con eso bastaría para que se le cayera la cara de vergüenza.
Susana es nuestra formadora de maderoterapia en Centre Mompó. Llegó al centro hace casi cuatro años, primero como alumna de quiromasaje, luego como parte del equipo, y hoy es quien enseña esta técnica a cada nueva promoción. Ya lleva cinco o seis grupos formados y las reseñas hablan por sí solas. Pero lo que más me interesa no son las reseñas: es lo que Susana tiene que decir sobre los errores que ve ahí fuera y sobre lo que esta técnica puede hacer de verdad cuando se ejecuta bien.
Lo que nadie te cuenta del primer día
Susana lo dice sin filtros: el primer día de formación, a la primera hora, se quería ir. Las maderas no se manejan como uno espera. Hay un movimiento concreto, un ritmo específico, una manera de coger las herramientas que no tiene nada que ver con la intuición. Y aquí está el problema de fondo: si ejecutas mal la maniobra, no es que no funcione — es que produces el efecto contrario. Generas flacidez. Y la flacidez no se arregla con otra sesión. Se arregla con un cirujano.
Esto es lo que me da miedo cuando veo a gente formándose con vídeos de YouTube. No es que el vídeo esté mal grabado o que el profesor no sepa. Es que hay cosas que no se pueden transmitir en una pantalla: la presión, la velocidad, la posición de las muñecas, el ángulo. Susana lo explica muy bien en la entrevista: si no cuidas la mecánica de tus muñecas, a los 45 minutos de sesión estás destrozado. Y eso suponiendo que no hayas destrozado antes al cliente.
Terapia y estética en la misma herramienta
Una de las cosas que más me gustan de la maderoterapia es que vive en esa intersección tan poco habitual entre lo terapéutico y lo estético. No es solo reducción de volumen — que lo es, y de forma bastante inmediata. Susana cuenta una anécdota que lo ilustra perfectamente: estaba en formación, le hizo una pierna a su compañera y, cuando se acabó el tiempo, la compañera le dijo «no me dejes así, hazme la otra», porque la diferencia se veía a simple vista.
Pero más allá del efecto visual, hay un trabajo real sobre el sistema linfático. Cada sesión de maderoterapia en Centre Mompó empieza con una fase de drenaje linfático, abriendo canales, facilitando que el cuerpo elimine lo que tiene que eliminar. No es cosmética superficial. Es un abordaje que tiene sentido fisiológico.
Esto no es una sesión, es un tratamiento
Susana deja algo muy claro que me parece fundamental: el terapeuta aporta el 30%, el cliente aporta el 70%. Si después de una sesión de maderoterapia te vas al bar de la esquina y te tomas una cervecita, estás tirando tu dinero y el trabajo de tu terapeuta. Los resultados se empiezan a notar desde la primera sesión, pero el cambio real requiere un mínimo de cinco sesiones, una por semana, y un compromiso por parte de la persona.
Para el masajista que está leyendo esto y se pregunta si la maderoterapia le puede aportar algo: la respuesta es sí, pero con matices. Esto no es una técnica que añades a tu menú y listo. Es un trabajo físicamente exigente, que requiere formación seria y que necesita un enfoque de tratamiento, no de sesión suelta. Si estás dispuesto a eso, es una herramienta tremendamente potente que te abre la puerta tanto al mercado terapéutico como al estético.
Maderoterapia facial: otro universo
Susana también forma en maderoterapia facial, que es un mundo aparte. Las herramientas son más pequeñas, adaptadas a la musculatura de la cara, y se integran con técnicas de quiromasaje y drenaje. Es un complemento natural para quien ya trabaja en estética facial y quiere ofrecer algo diferente, algo con resultados visibles y con una base técnica sólida.